Pre-Baja Divide: Mexicali y la etnia Cucapá.

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Desde el año pasado, Daniel me invitó a recorrer la https://bajadivide.com/, una ruta muy conocida por la comunidad bici viajera en todo el mundo, se encuentra en la península de Baja California, México y es popular porque está trazada de la unión de brechas y caminos de terracería y arena cruzando las principales cordilleras de los estados del norte y sur de la California Mexicana, lo que garantiza su dificultad y sus paisajes hermosos.

Además de las maravillas naturales, culturales y geográficas de la ruta, otro dato que me parece importante resaltar es que fue diseñada y compartida por una mujer disidente, Lael Wilcox, ciclista estadounidense nacida en Alaska que se ha dedicado a abrir camino y representar a las mujeres en espacios masculinos, por ejemplo, las competencias de ciclismo autosuficiente de montaña y a quien dedico los días más duros y satisfactorios de mi andar por “La Divide”.

Mexicali

Daniel y yo crecimos en Hermosillo y es el lugar que hasta el momento llamamos hogar, es una ciudad en el desierto norte de México, y aunque somos vecinos de Baja California decidimos saltarnos un pedazo de al menos 10 días de pedalear, tomamos un autobús a Mexicali con todo lo que implica subir dos bicis grandes y equipadas a un transporte con muchas restricciones, después de diez horas vimos un gran letrero que nos daba la bienvenida a Baja California.


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Ya en la ciudad conocimos a Perla y Paúl a quienes habíamos contactado previamente y que nos recibirían un par de días. Ella y el son ciclo-activistas, tienen años luchando por mejorar las condiciones de la ciudad para el uso de la bici como actividad deportiva y sobretodo como medio de transporte. Su casa está llena de bicicletas o partes de ellas y siempre es bonito encontrarse con gente que comparte tus mismos gustos, gustos a los que otros podrían llamar locuras. Perla es fundadora de un grupo de mujeres ciclistas, organizan rodadas para visibilizar a las mujeres en el mundo de las bicicletas en la ciudad y Paul ha participado en carreras de ciclismo de ruta, estar en su casa fue reconfortante y una buena bienvenida a La California Mexicana, uno de los estados con mayor actividad ciclista en todo México.

Nos pusimos en modo turista y visitamos el tan odiado muro fronterizo y algunos museos, Paúl nos llevó a  un recorrido turístico donde nos platicaron un poco sobre la historia y fundación de la ciudad de origen agrícola, los pactos y convenios con Estados Unidos, la muy conocida “invasión” China y el uso de la ciudad como punto de tráfico de licor en la época de Alcapone, incluso conocimos uno de los establecimientos del gángster y el antiguo túnel por donde él llegaba desde el otro lado de la frontera y que ahora es un Oxxo. Visitamos el barrio Chino y el centro cultural, algunas escuelas donde la población trata de conservar su cultura y tradiciones, fue realmente fascinante. Además me encontré la increíble historia de la primera mujer buza de la civilización Yumana, la cual describí a detalle en este artículo (https://bit.ly/2KslkvG). Mexicali es una ciudad grande y con una inmensa diversidad cultural y al sur se encuentra la comunidad de la etnia Cucapá a quienes decidimos visitar.

Etnia Cucapá y colonia La Mariana

Los Cucapá son de origen Yumano, grupos nómada y semi-nómadas que habitaron la parte norte de México y el suroeste de lo que ahora es Estados Unidos. De esta tribu, actualmente persisten y resisten cuatro grupos en Baja California, los Cucapá, Pai-Pai, Kumiay y Kiliwas, son los últimos cuatro de ocho grupos que co-existieron antes de la invasión y genocidio colonial. Después de un par de días en Mexicali, decidimos ir a visitar la comunidad de la etnia Cucapá, actualmente son poco más de 300 habitantes que se ubican a unos 60km fuera de la ciudad en una comunidad llamada El Mayor, hace apenas 10 años murió el último hablante nativo y con ello la perdida de su lengua y parte de su identidad.

Dejamos el equipaje que no ocuparíamos en casa de Perla y Paul y salimos rumbo a esta interesante comunidad. Todo el camino tuvimos viento en contra, con mi poca experiencia pedaleando por esas condiciones y con un atardecer temprano decidimos pedir permiso para acampar en un rancho a 10km de nuestro destino. El ranchero nos dijo que podíamos refugiarnos en un espacio que para nosotros fue encantador, una muestra de la “vida de rancho” del norte de México; todo estaba perfectamente decorado con artesanía y artefactos de cocina tradicionales de la vida rural, molcajetes, estufas de camping antiguas, jícaras, molinos, chiles colorado seco y algunas salsas estaban en esa ramada que hasta daba la impresión de museo. Hicimos una fogata y dormimos profundamente bajo un cielo estrellado.

Al día siguiente, nos invitaron a tomar café y nos platicaron que la colonia donde estábamos se llama La Mariana en honor a la antigua dueña de una gran cantidad de esas tierras, Mariana pertenecía a la etnia Cucapá y había muerto hace muchos años pero llamaba la atención que poseyera tan basto pedazo de tierra inusual para las mujeres. Después de platicarles sobre nuestra ruta y recibir recomendaciones de caminos y lugares por visitar nos dijeron en dónde podíamos encontrar a la encargada del museo en la comunidad.


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Cuando llegamos a El Mayor, de inmediato nos dimos cuenta que no éramos del todo bienvenidos, sentimos la hostilidad de la comunidad pero entendimos que nosotros somos los Yoris (como nos dicen los Yaquis a los que no somos Yaquis), somos los ajenos de ese lugar, de la comunidad, somos los otros en dos bicicletitas. Estuvimos buscando a la encarga del museo pero no la encontramos, decidimos regresar a Mexicali respetando las costumbres del grupo, por más interesados que estuviéramos de conocer las tradiciones de la etnia, los 120km habrían valido la pena.


IMG_1619Comunidad CucapáIMG_1617Vivienda tradicional CucapáIMG_161540926582663_2999f78481_oFoto: @perdidoenbici40926581333_b9b613c92e_o

Rodamos de regreso con viento a favor y al cabo de tres o cuatro horas estábamos por llegar a Mexicali, en un terreno baldío vimos un avión en abandono, totalmente destrozado, preguntamos a unos vecinos si podíamos tomar fotos ahí y aprovechamos para una buena sesión, nos comentaron que es un avión de utilería que usan para películas, incluso nos dijeron los nombres donde ese famoso avión había participado que ahora ya no recuerdo. Después de esta pausa, llegamos a Mexicali para ahora sí, empezar nuestro tan anhelado viaje en la Baja Divide, pero antes acordamos tomar una ruta alternativa que nos llevaría a la Sierra de Juárez, lugar sagrado de objetos voladores no identificados.


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Encuesta internacional sobre menstruación bici-viajera: ¿Quiénes y de dónde somos las/les que menstruamos?

Desde que empecé a viajar en bicicleta he sido más consciente de los procesos por los que pasa mi cuerpa, físicamente me ha permitido el control de mi respiración, la fortaleza de mis pulmones y en general siento todo el trabajo de cada músculo. Emocionalmente me ha fortalecido para ser más responsable de mis decisiones, de tomar las cosas con calma, de respetar mis procesos y los de la gente que me rodean.

Mi experiencia menstrual la he marcado en varios niveles de la vida, desde la menarquía y todo lo que puede llegar a significar para una niña de 9 años, hasta la reivindicación de mi sangre como sujeta política en mi vida adulta. También, significa la conexión con mi madre y los procesos por los que he visto que ha atravesado como la menopausia y climaterio articulada con las experiencias que me contaba mi abuela; una vez le pregunté sobre los métodos que utilizaban durante su periodo. Me contó que ellas hacían sus propias toallas de tela, encontraban prendas suaves, muchas veces recortes de camisetas viejas o “lo que encontraban” en el tan limitado acceso que tenían en un pequeño pueblo de la Sierra Sonorense hace más de 50 años, lavaban bien las telas, a mano les cocían muy bien las orillas, las rellenaban de otras telitas, las cerraban y todos los días las lavaban en el río.

Lo que hacía mi abuela era algo muy parecido a las exigencias que hacemos hoy sobre el reconocimiento de nuestra sangre, la auto-fabricación de toallas de tela como una herramienta para el cuidado de nuestra salud, contra la industria y el comercio de toallas desechables que dañan y contaminan nuestra cuerpo y el medio ambiente. Mi abuela no era feminista y sin saberlo devolvía su sangre a la tierra por medio del río.

Así, menstruando en ruta me ha hecho pensar y repensar las vivencias por las que todas las mujeres y las personas que tenemos úteros y que viajamos en bicicleta vivimos y que parece no ser un tema importante dentro de la comunidad biciviajera. Como un interés social, cultural, político e individual construí una encuesta con el fin de generar conocimiento para todas y todes a partir de nuestra experiencia.

La encuesta es una primera aproximación a uno de los temas que a muchas nos interesan y ojalá estos resultados sirvan para acuerparnos, apoyarnos y compartirnos más y mejores experiencias entre todas y todes. Fueron 210 personas de distintas nacionalidades quienes contestaron 26 preguntas que parten de datos demográficos como la edad, nacionalidad y etnicidad para adentrarse en la experiencia de la menstruación mientras se viaja en bicicleta. La encuesta se tradujo del español al inglés para abarcar a una población más amplia, ahora mismo puedo compartir algunos resultados preliminares utilizando los datos demográficos de ambas encuestas.

Demografía

Edad

En la encuesta en español y principalmente latinas/es y españolas/es, cincuenta personas de las ciento cuarenta y uno dijeron estar en el rango de edad entre los 26 y los 30 años de edad, es decir, el 35.5% son personas jóvenes. Lo mismo ocurrió con la encuesta en el idioma inglés, donde el 37.7% dijo estar dentro del mismo rango de edad.

Nacionalidad

Respecto a la nacionalidad, la encuesta en español la contestaron cuarenta y cinco mujeres y personas de origen mexicano representando el 32.4% de toda la población. Mientras la encuesta en inglés se aprecia que la mayoría es de origen estadounidense.

Etnicidad

De las mujeres y personas con útero que viajamos en bicicleta y que contestaron la encuesta en español, diez y nueve dijeron ser indígenas o considerarse pertenecientes a alguna etnia (13.6%) como la Náhua, Azteca-Purépecha, Huasteca, Maya, Chibchas, Vasca y Mixteca. Mientras que en la encuesta en inglés, diez y seis dijeron ser pertenecientes a algún grupo étnico aunque identifiqué a una persona que se considera perteneciente al grupo de los Lakota Sioux.

Los datos que les comparto, son un primera descripción del análisis que estoy haciendo, la lectura e interpretación de esta información me mantienen emocionada y con los lentes de lo social bien puestos mientras pedaleo durante kilómetros en el día y con el arrullo de las estrellas de noche.

La Huachinera, sola en bici por la Sierra Alta Sonorense.

Hace un par de semanas… (en realidad, fue hace un par de meses) decidí montarle cosas a mi bici para irme a la sierra. La sierra representa para mi muchas cosas, aunque yo no nací ahí, mi madre sí, y durante gran parte de la infancia que tuvimos [mis hermanas y yo], ella se encargó de transmitirnos su amor por ella; por las montañas, por el respiro de aire puro, por el amor a los ríos, nos transmitió la paz y tranquilidad que se tiene luego de observar y sentir la naturaleza, sobretodo, la naturaleza donde ella creció.

De ahí nace siempre mi interés por la sierra y ahora decidí regresar en bicicleta. Aproveché el verano para hacer este mini-bici-viaje de fin de semana, estaba decidida y me lo propuse como único fin. Me preparé físicamente entrenando algunos meses antes, preparé mi bici híbrida 700x32c dándole servicio profundo, hice la ruta que iría de Aribabi a Bacerac por carretera, y aunque no es nada lejos, conforma una parte de la Sierra Alta de Sonora.

Hace poco menos del año descubrí que no he disfrutado más los viajes que no sea de esta manera, y tomé la firme decisión de experimentar lo más que pueda esta inquietud por conocer a la gente que te topas en el camino, experimentar los límites de mi cuerpo y sentirlo todo, sentirme fuerte, sentir el sol que me abraza completa, sentir cada uno de los órganos de mi cuerpo, todos los músculos y la sangre caliente. 

Mi mamá quiso acompañarme hasta Aribabi, aprovechamos el primer evento que organizó el grupo en facebook Pueblos y Ranchos de Sonora, ella se quedaría a disfrutar de esa gran fiesta pueblerina mientras yo me iría en lo que podría decirse mi primer viaje en bicicleta sola. Llegamos a Aribabi, monté la bici con todas sus maletitas y salí rumbo a Huachinera. 

En la salida de Aribabi me encontré con un niño de aproximadamente 12 años que también andaba en bicicleta, me platicó que todas las mañanas se levantaba a las 4:00am y salía en su bici a recolectar bellotas y botes para vender. En ese momento pensé en la situación de la infancia en los contextos de la ruralidad Sonorense, tema que desconozco pero me parece sumamente importante.

Él me mostró un camino aledaño a la carretera y me acompañó entre subidas rocosas, su bici no traía cambios, ni frenos, pero él subía como si los trajera, me acompañó algunos kilómetros hasta la salida del pueblo. Cuando llegamos a la carretera se despidió de mí y volvió a su hogar, ojalá siempre me recuerde.

Seguí la carretera que me llevaría a Huachinera, anduve entre subidas que hacían cuestionármelo todo y bajadas que reafirmaban mis decisiones, las decisiones que he tomado de seguir viajando en bicicleta. Durante el camino, solo escuchaba mis pensamientos y los latidos de mi corazón, primero creía que grandes golpes se escuchaban a lo lejos, pero conforme me hacía más consciente de mí misma me di cuenta que era yo, que siempre había sido yo y mi corazón latiendo, haciéndome saber que estaba bien viva.

En ese momento, me detuve a tomar una bocanada de aire y de repente un avistamiento de tres zopilotes que decidieron comprobar si todavía respiraba, y aunque poco, todavía podía hacerlo, les tomé algunas fotos mientras me mostraban un espectáculo de danza en el aire, en el hermoso cielo de ese día, el sol era abrazador y llegaba a sentirlo peligroso recordándome que aunque en la sierra seguía siendo Sonora y su basto desierto, continúe y llegué a Huachinera agradecida de tener la luz más importante de mi vida a mi lado, salvándome. 

Buscando un lugar para poner mi casita y acampar para que no me llegara la lluvia (que ya advertía su llegada), me topé con Coyito y Jesús quienes me ofrecieron su casa para dormir y descansar.

Su casa era hermosa, el patio era un gran balcón con un huerto que ellos han construído, tenían calabaza, tomate, cilantro, nopales, melones, sandías, un árbol de durazno y naranjas, además de orégano y otras hierbas, su casa tiene una hermosa vista de la sierra alta, además estaba plagada con esculturas que Jesús hacía, yo no lo sabía pero ellos son los que han impulsado el arte y la cultura en la Sierra, especialmente en Huachinera donde por mero esfuerzo y amor comunitario han impulsado el Centro Artístico y Cultural.

Jesús tiene más de 25 años dedicándose al arte de transformar las piedras en seres con vida, ha expuesto en diferentes partes del mundo y probablemente han visto algunas de sus obras en la calle, como la campana que conmemora el bicentenario de la independencia de México en la plaza Hidalgo de Hermosillo, la bici me llevo justo a su casa, creo que el universo me estaba diciendo que le agradaba lo que yo hacía y por eso me puso frente a estas personas tan interesantes mientras yo estoy ávida por conocerlo todo, sedienta de aprender cosas nuevas.

Huachinera está repleta con el arte de Jesús, empezando por el gran letrero labrado de piedra en su entrada, de los pueblos de Sonora que conozco me atrevería a decir que es de los más bonitos y artísticos.

Al día siguiente, tomé café de Coyito, colado de talega justo como lo hace mi mamá y mi abuela, bien negro (cargado), volví a montar la bici y fui a conocer el Centro Cultural que está en la cima de un cerrito, Jesús me mostró un poco de su trabajo y la infraestructura del centro, además de la vista al cerro del Pilar, me mostró la ruta para llegar ahí en la bici y yo prometí volver, me despedí contenta y agradecida, y así, con el corazón cargado de energía partí rumbo a Bacerac.

El paisaje era distinto, pasé de los encinos a los matorrales, de los voladeros a las llanuras, no podía dejar de pensar lo que había vivido. Pasé subidas intensas, retando a mi cuerpo, con dos couchs bicicleteros que aunque imaginarios en ese momento sabía que me animaban a la distancia, uno cuando alzaba la mirada y lo veía al frente con su sonrisa volteando a verme, brindándome seguridad y tranquilidad, otra, enseguida diciéndome que yo podía, con su voz amorosa y corrigiéndome la postura, sacar la cadera, erguir la espalda, doblar un poco los brazos, lo hacía mientras la escuchaba y de inmediato sentía la comodidad. 

Pasé por un hermoso río, era el río Bamochi en Tamichopa, es parte de la reserva de la etnia Kikapoo que viene también viajando desde Chihuahua para juntarse después con el río grande que alimenta la tierra y a las y los que habitamos en ella. Quise entrar a bañarme en ese río, aunque ya venía bañada de mi propio sudor, el brillo del agua me cautivaba, pero no pude entrar a la reserva, quería conocer a su gente pero nadie abrió, estoy segura que en mi próxima visita llegaré a conocerles.

Inmediatamente después vendrían las subidas más grandes, y entonces conecté mi alma con mi cuerpo, le hablaba a cada uno de mis músculos, dándoles amor y tratándoles con ternura para no parar, agradeciéndole a mis piernas, mis pulmones y a mí misma por llevarme ahí, una vez arriba volteaba y me decía que la felicidad no solo es lo que venía para mí, también era lo que iba dejando atrás, todo lo que había logrado y lo que me permitía llegar a donde estaba y no solo ese día, toda mi historia que ha sido una revolución estos últimos años, mi revolución.

Con mucho esfuerzo, con mucho aprendizaje y con mucho ánimo de seguir haciendo esto llegué a Bacerac, me recosté en la plaza y las nubes llenitas de agua me daban la bienvenida y me felicitaban por mi esfuerzo, una brisa alegre se despedía de mí y yo con una sonrisa que no había hecho en mucho tiempo me hice la promesa de seguir haciendo lo que hice.

La conquista de mi montaña

Cuando leí la convocatoria para el primer número de la Cyclista Zine “Nuestros espacios”, de principio pensé en los espacios públicos para las mujeres ciclistas y en diversos temas que como mujer Mexicana y feminista he traído en mente y me parece importante visibilizar.

Pero pensé que quizá antes debía escribir sobre mi experiencia en el reclamo del espacio propio, de la conquista de una misma, de la toma de decisiones y la influencia que el uso de la bicicleta ha tenido sobre mi cuerpo y mi mente.

Para mi, viajar en bicicleta ha implicado una constante lucha contra los prejuicios de mi deber ser femenino, contra lo que la sociedad ha impuesto sobre nosotras. Hace aproximadamente un año decidí cambiar mi vida por una bicicleta, cambié un trabajo de nueve años que no era del todo estable  pero en el cual me estaba encaminando hacia una vida académica y formal, pero lo dejé en pausa para conocer una pequeña parte del mundo y principalmente una parte importante de mi, decidí salir de mi zona de confort para enfrentarme a mis propios miedos, debilidades y fortalezas.

Cuando le plantee esta decisión a mi familia y amigas/os cercanas/os fui cuestionada severamente, cómo yo podía abandonar mi carrera y mi trabajo para irme a viajar en bicicleta, no es lo que debía hacer, pero lo hice y al hacerlo he sentido la libertad de salir del sistema patriarcal capitalista, ahora soy la desviada, la prófuga, la vaga, la salvaje y la humana.

Me ha costado entender y procesar toda esta libertad, a veces me pregunto si debería volver, pero ya no me imagino en el mismo lugar después de verme convertida en lo que ahora soy y lo que ahora conozco de mi.

No habría podido saber que después de una vida de insuficiencia pulmonar hoy puedo respirar profundamente el aire fresco y puro de las montañas y subir a ellas por mi misma, no habría podido saber que me lleno de vida en cada esfuerzo diario, que agradezco a mi cuerpo en cada movimiento, que puedo más de lo que creía. Tal vez, tampoco habría podido respetar mis procesos mejor de lo que ahora lo hago cuando pongo toda mi energía en pedalear todo el día sin poder alcanzar más de 50 kilómetros por terrenos arenosos, no habría podido aceptar que no soy una atleta y tampoco habría podido conocer mi persistencia y fortaleza que me lleva a donde yo quiera ir.

Soy aún una novata en esto del bici-viaje pero he aprendido a conocer mi cuerpo y mi mente más profundamente, a comunicarme corporal y emocionalmente conmigo misma y ha reencontrarme y vencer mis monstruos internos. También he aprendido a seguir rutas, a desprenderme de equipaje y de mantener vínculos a la distancia, he aprendido a juntar leña y encender un fuego para calentarme en las noches estrelladas, he aprendido a mantenerme segura y dormir tranquila en un saco que abraza mi cuerpo y una casa siempre en movimiento.

Cuando estuve haciendo la ruta de la Baja Divide en Baja California, México lloré tres veces, el primer llanto fue el primer día a dos kilómetros de haber iniciado mi viaje, lloré durante media hora cuestionando mi estancia en ese lugar, los esfuerzos que había hecho para permitirme estar ahí y los motivos por los que intentaba sin lograrlo subir grandes piedras cargando mi peso, el de mi bicicleta y mi equipaje:, la segunda vez lloré un poco menos mientras me detuve en un día lluvioso con fuerte dolor de cólicos menstruales que ni ellos ni la lluvia, ni las subidas, ni el viento, ni el terreno permitían que yo avanzara, finalmente llegué al próximo punto civilizado y me tomé un par de días para descansar antes de continuar con la ruta.

La tercera y última vez que esa agua salada salió de mis ojos fue para recordarme que había encontrado lo que salí a buscar al inicio de mi viaje, una confirmación de que había tomado la decisión correcta, que finalmente empezaba a sentir la conquista de mí misma, de saberme y pensarme fuerte, que yo podía continuar por lugares remotos y por terrenos difíciles (rutas de tierra) junto a esas montañas que se vuelven más cercanas en cada pedaleo, esa montaña que soy yo misma.

Este es el link a la página oficial de la Zine donde participé con otras mujeres, mujeres trans y personas no binarias negras, de color e indígenas.

https://cyclistazine.com/

B.I.C.A.S- Centro Inter-Comunitario de restauración y Arte de Bicicletas.

Un día visité lo que hace mucho quería conocer. Un centro inter-comunitario de arte y restauración de bicicletas, B.I.C.A.S por sus siglas en inglés (Bycicle Inter-Community Art & Salvage) ubicado en Tucson, Arizona. Este lugar es un centro educativo que brinda herramientas para que las/los/les demás aprendan a arreglar y dar mantenimiento a sus bicicletas, se presta el espacio y se provee de instrumentos y una persona que te capacita y resuelve todas tus dudas. En el lugar también se dan talleres y charlas que ayudan a consolidar el bici activismo y la abogacía en la comunidad ciclista.

Las personas que trabajan aquí son mujeres, mujeres lesbianas, personas transgénero y no binarias y en el afan de brindar un espacio segura para todas y todes, se aprecian grandes letreros con avisos que dicen que si cachan algún comportamiento violento o de acoso se te va a correr del lugar.

Desde que llegas y estacionas tu bicicleta en B.I.C.A.S puedes notar que promueven la inclusión y el respeto a los derechos humanos de todas las personas. También resalta la creatividad y el uso de materiales reciclados para transformarlos en arte. Una vez que entras se abre un mundo que para mi era desconocido. Nunca había estado en un lugar de bicicletas con esa perspectiva tan ecológica, diversa y con tanto compromiso hacia las/los/les que usamos la bicicleta.

Mi amiga Monique (revolta_art) me invitó a una de las reuniones que se hacen en B.I.C.A.S, cada cierto tiempo lanzan la convocatoria a la comunidad WTF (Women Trans Femme) para que vayan y den mantenimiento a sus bicicletas. Yo fui con todas las barreras de lenguaje que tenía, todos los miedos a expresarme y con toda la colonización cultural interiorizada con la que nos crían. Ese día me recibieron con una gran sonrisa, conocí y conviví con dos mujeres que me abrazaron y amorosamente me hablaron en español, una de ellas era de Nogales, Sonora así que me hizo sentir como una hermana, tenía más de un año trabajando en B.I.C.A.S en los talleres de mecánica y como maestra en un centro comunitario dando clases de inglés a personas hispanas. Compartimos planes y proyectos, ella se iría a Chicago a continuar sus estudios de maestría y re-encontrarse con su novia y yo, me iría a Idaho durante el verano. Me invitó a visitarla y es de esas personas que sabes que volverás a encontrarte.

B.I.C.A.S acaba de celebrar su 30 aniversario y es mucho más de lo que yo les puedo platicar. Es un lugar y un colectivo consolidado y bien organizado por bicicleteras/os conscientes del impacto beneficioso que la bicicleta deja en este mundo. A partir de esta visita he estado rastreando otros lugares desde esta postura en México, claro, las condiciones son distintas, pero Bici disidentes en Tijuana puede ser una propuesta encaminada a lograr la union de la comunidad ciclista desde “el otro lado”.

Biciviajar como herramienta para conocerse a una misma y a otras mujeres: Cultura y colonización en el Norte de México (Baja Divide).

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Hace algunos años que la bicicleta me salvó, me salvó de padecer depresión, me curó en momentos de ansiedad y de la oscuridad de la incertidumbre de la vida. Usaba la bicicleta como medio de transporte en la ciudad en donde vivo, me desplazo libremente a donde yo quiera aunque siempre con la precaución de cualquier mujer que sale de noche en un país donde hay 8 feminicidios al día que el estado no protege y con la incomodidad de ser víctima de acoso callejero diariamente. Después, me invitaron a usarla como una herramienta de viaje y aquí estoy, en medio de una ciudad lejana a mi hogar, después de haber recorrido más de 1,000 km en una ruta tan difícil que constantemente me hacía dudar de mi, de mis capacidades y mis habilidades para lograr lo que quiero.  

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En México, es difícil para una mujer aventurarse a viajar en bicicleta, es un país en constante violencia contra nosotras: es imposible no imaginar ser una de las mujeres por las que reclamamos justicia todas las demás, es difícil imaginar no ser tú la que está en esa manta con el lema NI UNA MENOS, este sentimiento se refuerza con el discurso social de la gente sorprendida preguntando “¿y no te da miedo?” “¿viajas sola?” “¿cómo te atreves?” y por las expresiones “¡qué alivio que estás acompañada!” “¡qué valiente eres!”, cuando lo que queremos no es ser valientes si no libres. Sabemos que estos comentarios y cuestionamientos no se los hacen a los hombres que viajan en bicicleta, los hombres en México tienen libertades y privilegios que el sistema patriarcal les ha concedido. Sin embargo, hay mujeres mexicanas que nos hemos aventurado a viajar en bicicleta y tomarla como herramienta de autonomía.

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El año pasado junto a mi compañero hice por primera vez lo que nombramos “Le Tour de Yaqui”. Un recorrido por ocho pueblos indígenas en Sonora, al norte de México. Para mí, ese viaje representó un descubrimiento a un mundo nuevo que se mostraba ante mis ojos, mi mente y mi cuerpo. Implicó mucho esfuerzo físico, una interacción constante con mi mente; pasaba horas pedaleando, pensando y cuestionándolo todo. Pensaba en las mujeres indígenas, en su relación con la naturaleza y cultura y en mí misma queriendo saberlo todo sobre ellas.

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Me he dado cuenta de que viajar en bicicleta me ha abierto la posibilidad de conocer contextos histórico-sociales distintos y aspectos de mi propia vida que no conocería de otra manera. Llevamos 60 días pedaleando por Baja California, haciendo una ruta trazada por una mujer disidente y conociendo lugares y personas muy interesantes, la ruta se llama Baja Divide y es principalmente una ruta de terracería.

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Antes de realizar esta ruta me planteé venir con un proyecto personal y feminista, quería conocer a las mujeres de Baja California y especialmente la vida autóctona, me pregunté “¿cómo viven las mujeres?”, “¿qué hacen?” “¿cuáles son sus actividades económicas y sociales?” “¿son distintas a las mujeres Yaquis?” “¿a las mujeres Sonorenses?”. Por mi formación como socióloga y feminista me interesa saber y conocer la historia y contexto social y económico de los lugares que visito. Baja California está lleno de historia natural y cultural, al llegar al estado me encontré con la historia de la mujer de Jatay, de la civilización nómada Yumana, varias investigadoras descubrieron la importancia de la participación económica y social de esta mujer involucrada en la pesca de abulón (molusco del Océano Pacifico), descubrimiento que hicieron tras notar una protuberancia en el cráneo de una mujer y que se daba por permanecer mucho tiempo bajo el agua buceando, actividad que se pensaba solo realizaban los hombres, el descubrimiento abrió nuevas ramas en el estudio de la civilización y los roles de genero no tradicionales de las mujeres Yumanas, la mujer de Jatay también se cree pudo haber sido una chamana o con un cargo importante dentro de la comunidad.

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En la zona arqueológica de Vallecitos en La Rumorosa en el norte de Baja California hay pinturas rupestres de la civilización Yumana y algunas de ellas representan las vulvas de las mujeres, están pintadas de color rojo y yo creo puede representar la sangre menstrual. En Baja California Sur abundan las historias de mujeres con cargos político religiosos importantes, las mujeres están asociadas al conocimiento del área silvestre, fueron curanderas, hechiceras y chamanas, las mujeres Yumanas son las ancestras de las mujeres de Baja California, mujeres fuertes que participaron en actividades de caza y recolección igual que los hombres.

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Estas figuras representan las vulvas
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Durante la ruta fui conociendo a un par de mujeres que compartían una doble identidad, se encontraban entre la tradición de las mujeres-madres, pero pude notar la fuerza en su voz y sus ojos. En Cataviña y Santa Rosaliíta algunas eran artesanas que trabajaban los recursos naturales para la fabricación de objetos artísticos como lámparas hechas de arboles secos endémicos, cardones o aretes de conchas de abulón. En Colonet conocí a Azucena, se me acercó un día que yo estaba en la acera de una calle después de días muy intensos de pedaleo por la sierra y la costa.

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Azucena esperaba el camión que la llevaría a casa de su nuera a quien le lavaba la ropa para complementar su salario, con lágrimas en sus ojos me dijo que hacía dos años habían asesinado a su hijo, le dieron 65 balazos en todo su cuerpo, tenía 30 años y una hija que ella no podía visitar por diferencias con la viuda de su hijo. La pena por la muerte prematura de su hijo y la negación por visitar su tumba era un peso que cargaba, Azucena se secó sus lagrimas y me dijo que en el rancho donde vivía pasaban muchos ciclistas y ella y su esposo les brindaban agua, llegó su camión y se fue. Después de conocer a Azucena, pensé en que a las mujeres nos toca vivir y sentir la violencia desde distintas formas, es estructural y es sistémica, toca nuestra vida íntima y siempre se manifiesta en nuestra vida sociocultural.

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Baja California es rico en historia natural y cultural, la ruta en bicicleta de la Baja Divide tiene la oportunidad de conocer zonas arqueológicas con pintura rupestre y petrograbado de la cultura Yumana con más de 7,000 años de antigüedad y que ahora forman parte del sentido simbólico y riqueza cultural de un pueblo que fue exterminado por la colonización española. Ante este hecho histórico, fueron pocas las comunidades que sobrevivieron al genocidio, dos de los grupos indígenas fueron completamente exterminados. En el arte rupestre se representa la cacería, la guerra, los sacrificios, la iniciación sexual de las y los jóvenes, la vida reproductiva y los eventos astronómicos como los equinoccios. Es maravilloso estar en un lugar donde hace miles de años sucedieron hechos que determinaron la vida de las y los habitantes de este estado.

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Así que ante el constante cuestionamiento sobre si me da miedo viajar en bicicleta la respuesta es sí, pero lo que se conoce, la historia natural y cultural, las relaciones sociales que se establecen, el autodescubrimiento del cuerpo y la mente diariamente hacen que las mujeres estemos resistiendo, que viajar en bicicleta sea siempre un acto político y de resistencia en México y el mundo.

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Este es el texto en español del artículo que me publicaron en https://www.autostraddle.com/ y que escribe con mucho amor, aquí el link: https://www.autostraddle.com/cycling-to-know-myself-and-other-women-culture-and-colonization-in-northern-mexico/

Le Tour de Yaqui

Como todo transcurrir del tiempo, voy conociendo gente agradable, de la cual siempre aprendo, que admiro y trato de mantener en mi vida. Daniel es uno de ellos, él tomó la decisión de cambiar su “chip” de vida, de ir contra el sistema, de vivir y perderse en su bicicleta y ser feliz. Cuando lo pienso a él vuelvo a retomar la esperanza, que un mundo mejor es posible. Daniel aquí “Dani” lleva años arriba de su bici, visitando lugares preciosos, compartiéndonos lo que ven sus ojos por medio de fotos, lo que su cerebro recuerda, lo que siente y lo que aprende en historias escritas.

A Dani le gusta tanto hacer viajes en su bici que todavía no termina uno cuando ya está planeando el siguiente, siempre lo dice, y efectivamente, todavía no llegaba de donde andaba cuando me invitó a recorrer los 8 pueblos Yaquis en bicicleta aprovechando que se aproximaba la Semana Santa, me pareció una idea maravillosa, ver de cerca las ceremonias desde su origen, en la comunidad Yaqui, en su espacio, yo acepté.

Los Yaquis o Yoemes (que significa gente) son uno de los grupos étnicos de Sonora, apegados a la religión católica pero con sus propias costumbres y tradiciones. Los Yoemes celebran la Semana Mayor o Semana Santa de manera distinta a los “Yoris” (los que no somos Yaquis, los blancos), la tradición marca que durante los 40 días de cuaresma se revive y rememora la vida de Jesús, su vida en austeridad y la confrontación de valores individuales y colectivos por medio de rituales sagrados y prácticas conductuales diferentes a las habituadas como, el ayuno, la abstinencia al placer carnal y el consumo de carnes y bebidas alcohólicas. Algunos de estos rituales representan las fuerzas negativas y positivas de la humanidad y transcurre en diferente intensidad, eso iban a presenciar nuestros ojos, eso íbamos a vivir nosotros, en nuestras bicis, ¡qué afortunados!

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OBSON-CÓCORIT

Eran las 5:00 de la tarde, y después de durar dos horas en un congestionamiento vial en la carretera Hermosillo-Obregón (razones desconocidas) llegamos a nuestro destino, montamos nuestras bicis y nos fuimos a Cócorit, el primero de los ocho pueblos que recorreríamos, pero ya era tarde, el sol ya había bajado y nos quedaba aproximadamente media hora de luz, yo no tenía idea de la relación distancia-tiempo entre Obregón y Cócorit, pero Dani se veía muy confiado, así que bajo la seguridad que te brinda un biciviajero experimentado como él, me relajé y disfruté el camino, el cual se repartía entre pedazos de asfalto y tierra, y últimamente había descubierto que a mi bici le gustaba rodar en tierra, la sentía más liviana y segura a pesar de traer peso encima. Todavía en Obregón nos oscureció mientras pedaleábamos, yo nunca dejé de sentirme en la ciudad hasta que vi el gran letrero que dice C Ó C O R I T donde cada una de las letras es de diferente color (rosa, verde, azul, naranja, amarillo), un intento del gobierno federal para atraer turistas a cada una de las ciudades.

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Por: Daniel Díaz en Cócorit

De repente ya habíamos llegado, ya había llegado a uno de ocho, estaba contenta y quería más, siempre quiero más de las cosas que me gustan, y le dije a Dani: “¡qué! ¿Ya llegamos? ¿fue todo por hoy?” realmente estaba muy sorprendida pero todavía no sabía lo que me esperaba en los siete pueblos restantes, al menos había llegado al primero.

Y como todo punto de referencia en un pueblo, fuimos a la plaza frente a la iglesia, cuando llegamos estaban montando lo que parecían “stands” de venta, se avecinaba una feria o festival, lo particular de eso es que estaban construidos de carrizos y techos de palma seca y pronto se dirigieron las miradas a dos muchaches en sus bicicletas cargadas.

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Por: Daniel Díaz

Se acercó el que yo creo que es uno de los personajes representativos de Cócorit, Don Humberto y su hijo, en una bicicleta que él mismo estaba armando, tenía cuatro llantas, un asiento grande, un manubrio que más bien era un volante y un freno de mano que me transportó a mi niñez. Nos ofreció su patio para poner la casita, dijo que era cómodo porque tenía una ramada de carrizo que él mismo había construido igual que la bicicleta, nos contó también que colecciona artesanías y que tiene la idea de convertir su casa en una especie de museo costumbrista. Agradecidos por su propuesta la aceptamos, pero nos advirtió que tendría que ser a las 10:00pm porque acostumbraba ir a divertirse un rato al billar del pueblo, lo cual resultó bastante adecuado para nosotros porque cumpliendo con nuestro objetivo iríamos al “Konti” (comunidad Yaqui) a presenciar la ceremonia que se estaba llevando a cabo ese día a un par de cuadras de ahí. Dani había estado ahí el año anterior, así que conocía un poco más el programa que yo, nos terminamos el cóctel y nos fuimos al Konti.

Dani me había platicado un poco sobre la transformación del lugar, sobretodo, que ahora dejaban montar ferias alrededor de la iglesia donde se llevaba a cabo la ceremonia, y efectivamente, había una feria montada justo alrededor. La bienvenida nos la dieron tres cruces blancas de concreto  y un fondo con una iglesia blanca, no pude dejar de imaginar la foto que tomaría en la mañana, nuestras bicis (la de Dani y la mía) y la iglesia de fondo y desenfocada, pero esto no se podía hacer, así que tomé mi foto mental que ahora comparto a través de recuerdos.

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Iglesia en Bácum, Sonora por Daniel Díaz
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 La tierra estaba suelta y se formaba una especie de paño de polvo que resaltaba entre las luces blancas con el trajín del puñado de personas que nos encontrábamos en el lugar. Nuestra primera preocupación siempre era donde dejar nuestras bicicletas, así que reconocimos un lugar medianamente seguro debajo de la campana de la iglesia, decidimos quedarnos ahí y como “plus” conseguimos un buen lugar para apreciar lo que sea que sucedería en ese momento, era “la noche de las tinieblas” un ritual donde se renuevan y purifican la almas.

Los murmullos no dejaban de decir que ya iba a empezar, y de repente los tenabaris resonaban en la tierra, se sintió una energía muy fuerte, como si viniera hacia nosotros un puñado de soldados, y al fondo los vimos, a los chapayekas, y frente a ellos los “cabos” quienes se encargaron de formarnos, abriendo espacio, marcando una línea imaginaria de seguridad con sus machetes de madera, su presencia era tan fuerte y dominante que no te dabas cuenta que solo eran jovencitos de entre 12 y 20 años, hasta que veías sus ojos, llenos de vida, pero con ímpetu de Yaqui. Los cabos portaban sombrero, vestían de negro, cubiertos con una capa negra con dos rayas en el borde, con un pañuelo negro que cubría la mitad de su rostro con bordado de flores tejido por las mujeres de tribu, un collar con una cruz de madera y una motita que cada uno traía de diferentes colores, rojo, morado, rosa, verde, calzaban huaraches que dejaban ver sus pies agrietados. Al final, los cientos de chapayekas se acercaban a la entrada de la iglesia, en formación tocaban tambores y bailaban esperando su turno para entrar.

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Por Daniel Díaz

Dani y yo nos preguntábamos qué había y qué hacían ahí adentro que los hacía estar esperando tanto, me acerqué a una de las entradas por el costado, la iglesia era un salón grande, rectangular, con techos altos, con cuatro ventanas de vidrio con los colores de la bandera Yaqui, rojo, azul, amarillo blanco, nunca he dejado de preguntarme por la presencia de las mujeres de la tribu en las ceremonias, así que fue lo primero que vi y localicé, ahí estaban con sus faldas rosas, verdes, rojas, moradas, y sus rebozos de colores, con su piel de color puro, con sus grietas en la cara y sus ojos café claros, sentadas en el piso al frente, juntas, cantando en su lengua, con su vista al frente, sin que les haga falta el aliento, dirigí mi  mirada para ver lo que ellas veían, y entonces vi el “tenebrario” lo que parece un triángulo con muchas velas encendidas cubierto de ramas, y un hombre al frente rezando y recibiendo a los chapayekas, el ritual consiste en que el chapayeka llega se persigna, se hinca y da una vuelta a través del tenebrario arrastrándose, como cumpliendo una penitencia, como representando un sufrimiento, al terminar el recorrido se apaga una vela cada tanto tiempo, él se levanta y sale, así con cada uno de los cientos que estaban por entrar.

No pasó mucho tiempo cuando se apagaron las luces, estábamos en la línea junto a los chapayekas, todos se hincaron en la oscuridad, los cantos de las mujeres no dejaban de resonar, se quitaron sus máscaras, y entonces, los cabos empezaron a flagelar sus cuerpos con chicotes de baqueta, sus cuerpos resistían, mis ojos no podían estar más abiertos viendo tal espectáculo que a mí me parecía de lo más violento pero que entiendo y respeto las costumbres y rituales religiosos de los pueblos, después se permitió que gente “común” hiciéramos tal acción, por supuesto Dani y yo solo observábamos.

 Se encendieron las luces, eran las diez y cuarto, teníamos que ver a Humberto a las diez, así que decidimos volver a Cócorit, llegamos a su casa pero parecía deshabitada, tocamos durante mucho tiempo en diversas intensidades, así que fuimos a buscarlo al billar del pueblo, Dani dijo que era el único billar que existía ahí y él ya lo había visitado en su viaje anterior, llegamos y tampoco estaba, pero nosotros ya habíamos llegado ahí así que decidimos tomarnos una cerveza, ocurrió lo mismo que al llegar a Cócorit pero potenciado mil veces más, no sé si sería mi perspectiva de vida, que siempre estoy atenta a las miradas lascivas, las insinuaciones y lo desagradables que me resultan, no pude dejar de sentirme incómoda, a pesar de mi deseo de querer disfrutar con Dani el triunfo de nuestro primer pueblo y nuestra primera ceremonia conquistada, pensar en eso me resultaba más molesto, a pesar de todo estaba contenta de estar ahí, en ese o cualquier lugar, decidí que nadie me arrebataría mi felicidad.

 La única mujer que atendía el lugar había aprendido la dura batalla de lidiar con hombres borrachos y necios, así que parecía ya adaptada, ahí mandaba ella, ¿cuánto tiempo le habrá tomado? ¿Por qué situaciones habría pasado?, no lo sabemos, pero cuando nos terminamos la cerveza y a punto de irnos, se dirigió a nosotros diciéndonos si íbamos con Humberto, nos dijo que estuvo ahí y que mencionó que se tenía que ir porque recibiría a sus sobrinos que venían en bicicleta, no desmentimos esa idea, al contrario nos pareció tierna, dulce y solidaria. Eran las once y la casa parecía más apagada que antes (o igual) enseguida había un porche que nos hacía ojitos desde la primera vez que estuvimos ahí, tenía un cochera amplia donde perfectamente podíamos poner nuestros tendidos, así que sin mucha discusión al respecto decidimos sería nuestro lugar para dormir, nos acomodamos con tal confianza que hasta apagamos la lámpara que alumbraba todo el lugar y la mitad de la calle para que no nos molestara la luz al dormir, total, no creímos que a los dueños de la casa les molestara más que dos jóvenes desconocidos dormidos afuera de su casa, estuvimos acomodando las bicis, sacando tendidos, riendo, platicando, moviendo macetas y nadie salió, pensamos que como eran vacaciones los dueños no se encontraban ahí.

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¿Ya dije que tenía frío?, ya casi no sentía mis pies y tenía la nariz helada, apuesto que si me veía en un espejo la tendría roja como siempre me pasa en invierno, pero en cuanto me metí al sleeping fue automática la calidez ¿qué demonios tenía ese sleeping y por qué no me había metido antes ahí?, no volví a saber de mí en toda la noche hasta que a la mañana siguiente sentí la presencia de alguien muy cerca de mí, era Dani cerciorándose de que respirara, me preguntó cómo había dormido un tanto preocupado, yo sentí como si hubiera estado en mi casa, en mi cama, con mi gatita a un lado, en ese momento descubrí que tenía una maravillosa habilidad, dormir profundamente en cualquier superficie o condición, una amiga me dice que es un súper poder, y ahora lo pienso así, tengo un ¡súper poder! recién descubierto en este tour.

 Creí que eran las cinco o seis de la mañana cuando vi la hora y eran las nueve, tenía la idea de despertar más temprano para no sorprender a los dueños de la casa, pero todavía no despertaba bien cuando escuché que se abrió una ventana justo atrás de nosotros y una voz femenina dijo: “¿hola?” pero entre líneas también dijo: ¿quiénes son ustedes y qué hacen en mi porche?, contestamos el saludo y justificamos la presencia en su casa con nuestra travesía de la noche anterior y resulta que ella era hermana de Humberto, ¡uf! ¡qué alivio!, inmediatamente nos invitó a pasar y tomar café, qué agradable despertar de esta manera en un lugar lejano al tuyo después de invadir una casa, la hospitalidad se sintió al instante. Ella y su esposo nos hicieron café mientras se aparecía Humberto, los tres nos platicaron un poco sobre Cócorit y sus actividades, sus profesiones, el involucramiento que tienen en el pueblo y su desarrollo, y nos invitaron a la próxima quedarnos en su casa, pero ahora dentro de ella. No podía estar más agradecida y contenta, superamos un día y empezamos otro con buenas energías, nos despedimos y nos bendijeron, no hay nada mejor que una bendición de alguien desconocido (excepto la de mamá) un deseo de otra persona por tu bienestar, por nuestro bienestar en los próximos siete pueblos venideros.

La noche anterior Humberto nos dijo de lugares donde podíamos comer así que visitamos uno que llamó mi atención, desayunamos muy bien, yo ya tenía dos días sin bañarme y esto me resultaba ya un poco incómodo, así que sin importarme nada ni nadie le dije a Dani que me urgía lavarme aunque sea el cabello, no sin antes darme un baño francés en el baño del restaurante, buscamos la llave de la plaza, después de eso me sentí como nueva, estaba lista para lo que venía.

Cócorit se caracteriza por sus murales que principalmente son de aves endémicas de Sonora y especialmente de la región de Cajeme, así que dimos un par de vueltas para tomarnos fotos. Humberto nos comentó que le invertían y apostaban al arte y la cultura regional así que los murales estaban hechos por personas del pueblo o de Obregón.

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Por: Daniel Díaz

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Dani era el experto en rutas, poco antes había descubierto también mi incapacidad para ver los mapas, me parecen poco prácticos cuando estás rodeado de un montón de gente a la que le puedes preguntar, yo siempre he preferido a la gente, y esto tiene sus ventajas y desventajas; la ventaja es que estás en contacto directo con la comunidad, permite la interacción con las personas del lugar en donde estás  y de una u otra manera ya no eres tan desconocido; la desventaja, todos te dicen cosas distintas, así que combinábamos ambas, Dani veía las rutas en su mapa, yo le preguntaba a la gente. Tomamos el camino que nos llevaría a Bácum, siguiendo el canal hasta llegar a la carretera, todo de tierra. Al principio era maravilloso, de lado izquierdo un canal escuchando siempre el correr del agua, brillando por el reflejo del sol, de lado derecho kilometros de campos de cultivos, infinito color verde, pero después de media hora, una hora o más, por camino de tierra, con piedras filosas, el sol quemándote y “trocas” pasando echándote toda la tierra encima no está tan suave, lo que sí está suave es lo que se ve, lo que se disfruta, lo que descubres de ti misma, definitivamente lo volvería hacer muchas veces más.

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Dos o tres veces nos topamos con manadas de cabras, y detrás de ellos los rancheros, saludábamos y permitíamos el pase a los animales mientras disfrutábamos el espectáculo, ahora las miradas hacia nosotros no eran de personas, si no de estos bellos animalitos.

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En una ocasión uno de los rancheros traía cargando a una bebé chivita, el saludo nos alcanzó para preguntarle el porqué de traerlo encima y no junto a sus hermanos, nos dijo que el pequeño se había asoleado hasta casi el desmayo por lo que lo llevarían a salvo a casa.

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Tomamos la carretera y ya estábamos en Bacum, ese no era nuestro destino, lo nuestro era ir a la Loma de Bácum a apreciar las ceremonias, pero ya estábamos muy cerca, nos detuvimos en la iglesia para hacer “check point” y nos tomamos algunas fotos.

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 Atravesamos el río Yaqui y sus árboles gigantes, yo ya le había echado el ojo para acampar junto al río mucho tiempo atrás, tal vez podría cumplirlo en esta ocasión.

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 Llegamos a la Loma de Bácum y todavía no nos bajábamos de la bici cuando tres hombres se nos acercaron para preguntarnos si traíamos cámaras, le dije que si traíamos pero que no las usaríamos, que no se preocuparan sabíamos del acuerdo, presenciar los rituales, estar ahí pero no participar, no grabar ni tomar fotos con ningún dispositivo. Después, llegaron tres niños, que ahora no recuerdo sus nombres pero estuvieron con nosotros durante toda la estancia ahí, uno de ellos dijo que el sería chapayeka de grande, a otro no le gustaban las matemáticas y otro solo nos observaba, las luces, la campanita y la bicicleta de Dani causaba curiosidad entre ellos y no dejaban de tocarla (a Dani no le gustaba esto), fuimos a la iglesia y tenía casi las mismas características de la iglesia en Cócorit, blanca, techos altos, una gran sala y al fondo la vírgenes y santos.

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Estuvimos alrededor de dos horas esperando la ceremonia pero nunca sucedió, no éramos nadie para apresurar tales rituales, ellos lo hacen a su tiempo, a las cinco de la tarde cuando quedaba un poco más de una hora de sol decidimos irnos de ahí y entonces nos dimos cuenta que ya estaban reunidos bajo una ramada, observamos de lejos, nos fuimos a buscar un lugar donde podíamos acampar en Bácum, un mushasho de un expendio (juro que fue casualidad) nos dijo que a unas cuadras de la iglesia había un campamento cristiano (en este momento nos volteamos a ver diciendo no) donde había comida (nos volteamos a ver de nuevo y dijimos sí) fuimos al río, presenciamos el atardecer mientras el agua no detenía su curso, el lugar es tan hermoso que se invade de gente para divertirse, hay movilidad de todo tipo, bicis, carros, motos y caballos.

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Nos despedimos del bello río Yaqui para ir a buscar comida al campamento, que diga, un lugar donde dormir, seguimos las señales que nos habían dado y llegamos, era un mega evento, con cientos de casas de campañas, baños, food trucks con luces hipsters, y música en vivo, sí, música en vivo cristiana, de inmediato buscamos un lugar, desmontamos nuestras bicis y montamos nuestra casa, acto seguido el Dani se comió dos platos de menudo y yo unas quesadillas con frijoles, ya les dije que no nos malpasamos ni un solo momento en este viaje?, pues no, no nos malpasamos para nada, solo traíamos paseando nuestro lonche que consistía en toronjas, mangos, avena, café, pan de barra, crema de cacahuate y mermelada (vegans). Dormimos con música de fondo de una banda que Dani llamó “Impecable” sonaba igual a Intocable pero con letra cristiana.

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Por: Daniel Díaz

La mañana siguiente decidimos hacer café colado, habíamos comprado unos filtros en obregón y traíamos cargando dos días todo para lograrlo, lavamos la olla, prendimos el fuego, calentamos el agua, y no funcionó, solo pudimos hacer un poco que a mi me supo a gloria, fuimos a desayunar a los food trucks y al parecer ya nos sentían como parte de su comunidad, a mi me llamaron “hermana” y Dani hasta se tomó foto con un mushasho que traía una camiseta particular. Era un ambiente agradable pero no para nosotros, nos teníamos que ir, armamos nuestras bicis, y partimos a Tórim.

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El camino hacia Tórim lo percibí como el más difícil para mi, muchas piedras, mucha arena, mucho sol, mucho calor, aquí sentí mi cara secándose con la tierra y cómo ardía con el sol, me preguntaba qué demonios hacía ahí pudiendo estar en casa poniéndome unas mascarillas y viendo Netflix totalmente relajada en mi semana completa de vacaciones, esto lo pensaba mientras  mantenía la cabeza agachaba, mientras veía la irregularidad del camino y sentía que mis piernas ya no podían más a pesar de ir más lenta que una persona caminando, inmediatamente cuando levantaba la cabeza y volteaba al frente y a mis alrededores yo sola contestaba a mi pregunta: “ah sí, ya me acordé del porqué estaba aquí y me repetía a mi misma que yo era fuerte, que estaba creciendo, que cada pedaleada me superaba a mi misma, que mis piernas respondían, que estaba sana, que era un reto personal, que agradecia venir con Dani, que me agradecia por permitirme vivir estas aventuras inimaginables en otro momento de mi vida, que era el mejor momento para hacerlo, que estaba viviendo lo que deseaba, que los paisajes eran hermosos y no los hubiera disfrutado tanto de otra manera que no fuera esa”. Dani parecía tan relajado que cada pedaleada suya sentía que eran mil mías, cada tanto volteaba y sonreía, para mi era señal de que no la estaba pasando tan mal como yo creía.

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Antes de llegar a Tórim atravesamos un camino muy arenoso con campos de trigo alrededor, una patrulla se paró a preguntar lo que siempre nos preguntaban, y contestamos lo que siempre contestábamos, siento que la ventaja de nuestra respuesta nos protegía, tal vez nos percibían como dos mushashos con mucha fe católica, pero la verdadera motivación venía de nuestra curiosidad antropológica y el cicloturismo combinados. Un San Judas nos dio la bienvenida a un pueblito con casas todavía construidas de adobe, donde se notaban las carencias y el abandono del estado, nos detuvimos un poco a mojarnos de nuevo la ropa y aprovechamos para tomar una foto de nuestras bicis en su iglesia que refleja perfectamente la vida y condiciones de ese lugar.

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Por: Daniel Díaz

Llegamos a Tórim y ahora unos mezquites floreados nos recibieron, en una loma una gran casa con techos de carrizos que apenas se vislumbraba entre los árboles, el pueblo parecía deshabitado, pero llegamos a una tienda, nos compramos un suero y compartimos una coca-cola. Antes de hacer el trayecto me contacté con mi amiga Pati quien conoce bien las comunidades Yaquis, me había dicho que la contactara porque ella estaría por esos lugares, la casualidad más grande fue que decidí llamarle desde Tórim y estaba ahí, nos encontramos con ella y dejamos las bicis en la casa de las culturas populares, partimos a la ceremonia, era la procesión, nos advirtió sobre el purismo de esta comunidad, los espectadores no debemos traer ningún accesorio que se perciba como ostentoso en la procesión, Dani se quitó su reloj.

La iglesia estaba en una loma, con ruinas frente a la iglesia y un valle a un lado de ella, en Tórim fue donde hubo más resistencia Yaqui durante la conquista y donde se hicieron fuertes protestas armadas, aún conservan las ruinas de lo que fue el castillo militar. Nos formamos para salir, separan a hombres y mujeres en dos filas, no puede haber ninguna interacción, así que perdí de vista a Dani. Al frente de la procesión van los guardianes de la virgen, nombramiento que se da sólo en los días santos, detrás las autoridades también nombradas en la cuaresma, después el pastor de la iglesia y el presidente municipal quien pierde todo poder durante los días santos o la pasión (conjunto de ceremonias y rituales durante los 40 días).

Durante el recorrido las mujeres podemos cargar a la virgen e írnos rotando como símbolo de peregrinación, decidí hacerlo para vivir toda la experiencia completa, solo tenía que ponerme enseguida de alguna mujer que la estuviera cargando y automáticamente significaba que seguía yo, las mujeres se acercan y me ponen un mantel bordado por ellas en la cabeza y una corona de tela con listones de colores, fueron unas cuantas cuadras cuando tocaba el turno a otra mujer, me sentí muy contenta de haber participado de esa manera, era otra yo.

Los cabos o guardianes montaban a caballo, sus animales estaban adornados con listones en la cabeza y montura, además de una red colorida que sonaba, ellos no vestían de negro pero si traían machetes amarrados a su cintura, se encargaban de resguardaban el orden de la multitud caminadora, a una señora delante de nosotras le dijeron que se quitara sus aretes y se soltara el cabello, a otra detrás de mí que se quitara sus lentes de sol, Dani después platicó que a él le tocaron el teni como diciendo que no debía portarlos, los hombres ahí usan huaraches.

Terminamos la procesión y debíamos irnos, no sin antes platicar un poco con “la chayo”, regresamos a donde teníamos nuestras bicis y nos sentamos en un tronco a que la chayo contestara todas nuestras preguntas, platicó que ella y un grupo de mujeres de la comunidad habían realizado un mariposario, un invernadero de mariposas, ante la escasez de tenabaris debían implementar acciones, los tenabaris son parte de la vestimenta de los chapayekas, se hacen con capullos de mariposas y es difícil de conseguir en estos tiempos, así que ellas mismas construyeron este mariposario, ambientado para que las mariposas puedan poner sus capullos y ellas poderlos usar para conservar sus tradiciones. Una pregunta que me venía haciendo ruido desde hace tiempo era sobre la adoración a la virgen maría y su hijo jesús, si los Yaquis fueron de las tribus indígenas que más se resistió a la evangelización, a quién adoraban antes de este acontecimiento?, la “chayo” me dijo que antes sus dioses eran el sol, la luna y las estrellas, el sol como figura masculina y la luna femenina, y que ahora la tienen en su propia bandera, sin renunciar a sus ancestros, sus creadores, no pregunté más.

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TÓRIM-VÍCAM

El sol caía y se hacía tarde, debíamos llegar a Vícam, el camino fue hermoso, rodeados siempre de mezquites amarillos, con un pavimento que no estaba mal y poco afluencia de carros, salimos a la carretera obregón-hermosillo y enseguida unas ruinas donde decidimos tomarnos fotos.

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Llegamos a Vícam y no habíamos comido gran cosa desde el campamento cristiano, en el oxxo nos recomendaron unos tacos sobre la carretera por donde veníamos, ordené unas quesadillas con frijoles, para mi sorpresa, los frijoles eran enteros, en caldo (qué rico) con TOCINO (a una vegetariana no le gusta esto), se los pasé a Dani. Una vez comidos, nuestra siguiente preocupación era donde dormiríamos, cruzando la calle había un hotel donde decidimos pasar la noche, el hotel no era para nada como se lo imaginan, o tal vez como yo me lo imaginaba, era de paso, nunca había estado en un lugar así, con esa luz oscura y amarilla, en pésimas condiciones, con cobijas con una figura de un azteca mal dibujado y un baño con fugas de agua que resolvían con tape negro, al menos no era la calle, era seguro y podíamos descansar, decidimos no tocar nada o lo menos posible, volvimos a poner nuestros tendidos y a dormir.

Toca platicarles y describirles la fiesta más grande y concurrida que presenciamos de los 8 pueblos, las impresiones que nos llevamos de Potam y la amabilidad de la gente en Rahum y Belén, pero eso será otra historia.

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Viajar con mi cuerpa

Decidí abrir este espacio para expresarme y compartirles de manera escrita y audiovisual un pedacito de lo que vivo viajando en bicicleta. Viajar con mi cuerpa ha significado un re-descubrimiento físico y emocional grandísimo que ya les ire platicando, ha sido un auto-análisis constante y difícil, y una reivindicación de lo que soy y lo que he sido como mujer, socióloga y feminista.

Bienvenidas las retroalimentaciones, comentarios, sugerencias y preguntas, bienvenidas a ver y sentir lo mío. Gracias por estar aquí siempre.




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